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La bailarina



Con duro esfuerzo salió de la caja. Esa caja de madera, o castillo, como lo llamaban algunos, que la había estado frenando y ralentizando a cada paso que daba. Harta ya de ese sonido agudo y cada vez más disonante que apenas le permitía escuchar sus propios pensamientos siquiera, cada vez que alguien abría su puerta y giraba la maldita manivela.

Obligándola a hacer y rehacer los mismos movimientos hasta que la caja se cerrara de nuevo y cayese rendida, postrada ante la oscuridad y el silencio que le imponían.

Curiosamente, aún no sabía cuál era el castigo. La música y el baile, o la muda negrura de su extraño ataúd.

Nunca pudo negarse. Nunca tuvo oportunidad de rebelarse y acabar con su esclavismo. Siempre feria danzante de otros. Jamás para sí. Hasta que aquel chiquillo que ni siquiera comprendía qué estaba mirando, tiró la caja en un arrebato infantil y la dejó allí, tumbada de medio lado. Con la puerta cerrada, pero con el muelle que la anclaba a ese siniestro lugar, roto. Así que escapó.

Se arrastró empujando la tapa con hombros y cabeza hasta que logró salir del castillo de espejos, con la esperanza de encontrar a su amado y huir juntos lejos de esa vida que tanto odiaba.

Porque, aún en su encarcelamiento, el amor había llegado hasta la bailarina cada vez que alguien abría esa prisión y la hacía danzar ante el pelotón de soldados que, sin voluntad alguna, la contemplaban imperturbables desde su lugar en la estantería. Pero no él.

Ese dulce soldadito, más pequeño que los demás al que le faltaba una pierna, siempre la observaba con asombro, reverencia y admiración. Como si el resto de la habitación desapareciese mientras duraba su actuación. Como si el mundo entero se disolviese entre los suspiros que dejaba escapar, sólo para ella.

Con la determinación superando al miedo se arrastró lejos de la caja hasta la pared más cercana apoyándose lenta y cuidadosamente.

Consiguió mantener el equilibrio, alzarse sobre ese muelle partido que tantos años la mantuvo recta con falsa seguridad, y comenzó a dar saltitos con brazos extendidos y el vestido flotando alrededor como vaporosa niebla de la mañana, hasta que cruzó la puerta entreabierta de la inmensa habitación de gigantes y llegó al gran salón, donde por aquellos días invernales, la estufa de leña siempre ardía.

Pero lo que vio atravesó su corazón de plata con una flecha invisible que la paralizó de horror.

Durante un instante congelado en el tiempo, pudo observar en el reflejo de la ventana de una extraña e irreal forma distorsionada ese fuego que, ardiendo entre parpadeos con furia atronadora, parecía devorar todo a su alrededor. Escuchó los agudos cantos del viento por el pequeño hueco del ventanal abierto para el exceso de humo, gritando colérico al cielo su indignación por las injusticias del mundo.

Y lo vio. Dentro de esa onírica burbuja, incapaz de aceptar lo que estaba ocurriendo, vio a su amado soldado. Que lejos de sus compañeros, ardía en la chimenea siendo golpeado una y otra vez con un atizador ennegrecido, en manos del mismo niño que la había liberado, aún sin saberlo.

Su única pierna manteniéndolo firme sobre las brasas de un fuego que crepitaba cual lamentaciones que ninguno de ellos era capaz de emitir.

Y el frío cristal que la separaba de la realidad, como si estuviese observando cuanto sucedía desde fuera de su cuerpo, explotó haciendo añicos cualquier esperanza que hubiese llegado a albergar.

En un ferviente deseo de unirse a él, si no en vida, al menos en esa piadosa muerte que al final se lo lleva todo, tan sólo un pensamiento la instaba a no derrumbarse. Llegar al fin de su existencia bailando. ¿Quién lo habría dicho? Dejarse consumir por las llamas bailando una última vez solamente para su amado soldado… Y también para sí misma.

El cuerpo tomó la iniciativa antes de que el cerebro despertara del shock, y giró y saltó sobre su estropeado muelle hasta sentir las lenguas ardientes sobre su cuerpo. Mas no desistió en llegar a su amor, con el único deseo de fundirse con él en ese embravecido fuego que amenazaba con consumir incluso su misma esencia, devorándolos por completo hasta dejar únicamente cenizas, plata y plomo disuelto…

Salvo que el intrépido soldado, tras vislumbrar a su enamorada entre intensos fogonazos de dolor, halló el valor necesario para escapar del niño y del fuego que lo aprisionaba, lejos de la barra de hierro que el despiadado mocoso blandía intentando derribarlo, y saltó de ese infierno siguiendo el borde de la chimenea con el temor inundándolo hasta interponerse en su camino, cuando las llamas besaban ya su rostro, aferrándola con determinación.

Ya en sus brazos, manteniendo la inercia de la carrera, saltó nuevamente con ferocidad sobre la pila de leños situada entre la chimenea y la estantería de madera, y siguió subiendo hasta llegar a sus expectantes compañeros. Esos soldados que, a

Aún siendo incapaces de sentir tal y como hacía su hermano más pequeño, habían desarrollado una extraña empatía hacia él. Y tras observar a la pareja acercarse a toda velocidad, abrieron filas protegiéndolos del niño y dándoles ventaja para llegar hasta la ventana.

Sin perder un instante, sin dejar espacio para la duda, los enamorados se lanzaron por el hueco abierto al frío manto de la noche. Que tras unirlos en un abrazo eterno, los brazos de él sólidos ahora alrededor de la cintura de ella, sus labios unidos en un beso sin fin, los llevó volando con la salvaje fuerza del viento hasta un pequeño nido abandonado que aún mantenía el calor de sus antiguos ocupantes.

Ese sería su nido ahora. Un hogar lleno de ternura decorado con hermosas flores y suaves plumas. Y el gran árbol que lo albergaba, cobijándolos y protegiéndolos con un cariño que ninguno de ellos había conocido hasta ese momento.

Ese hogar, donde finalmente podrían bailar juntos envueltos en la imperturbable calidez de su amor, hasta el fin de los tiempos.


« Inspirado en el cuento “El soldadito de plomo”, de Hans Christian Andersen. »

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